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2 de octubre del 68, el día que México se manchó de sangre y represión pero la televisión contó otra historia

Foto del escritor: Redacción
Redacción
hace 4 horas
3 min de lectura

El 2 de octubre de 1968 no sólo dejó una herida profunda en la historia de México. También dejó una pregunta que, 58 años después, sigue siendo incómoda para el periodismo: ¿qué ocurre cuando quienes tienen la responsabilidad de contar una tragedia deciden contarla a medias?


Aquella tarde, miles de estudiantes se reunieron en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. El movimiento estudiantil llevaba meses exigiendo libertades democráticas, el fin de la represión y la liberación de presos políticos. La concentración terminó en una balacera que convirtió la plaza en escenario de una de las mayores tragedias políticas del México contemporáneo.


La cifra exacta de personas asesinadas continúa siendo motivo de investigación y debate. Las autoridades de la época difundieron cifras muy inferiores a las que posteriormente han documentado investigaciones periodísticas e históricas. La propia prensa de aquellos días recibió información limitada y, en muchos casos, reprodujo la versión oficial de que se había tratado de un enfrentamiento entre estudiantes, francotiradores y militares.



Pero quizá una de las imágenes más poderosas para entender aquel México no está únicamente en las fotografías de los jóvenes detenidos, los cuerpos en la plaza o las familias buscando a sus hijos. También está en lo que millones de mexicanos no pudieron ver aquella noche.


Con frecuencia, al hablar del papel de la televisión en Tlatelolco aparece una frase atribuida a Jacobo Zabludovsky: “hoy fue un día soleado”. La frase se convirtió con el paso de los años en una especie de metáfora perfecta de la forma en que se recuerda la cobertura de aquellos acontecimientos: mientras en Tlatelolco había muertos, heridos y detenidos, en las pantallas podía prevalecer la normalidad.


Pero hay que hacer una precisión histórica. La frase no está comprobada documentalmente y periodistas como Joaquín López-Dóriga han señalado que se trata de una leyenda urbana. Además, en 1968 todavía no existía Televisa; la empresa surgiría en 1973 a partir de la fusión de Telesistema Mexicano y Televisión Independiente de México. El propio noticiario “24 Horas”, asociado posteriormente con Zabludovsky, comenzó hasta 1970.

Y quizá ahí está la verdadera reflexión.



No hace falta que una frase haya sido pronunciada para representar una época.


La televisión mexicana de aquellos años operaba dentro de un sistema político en el que el gobierno tenía una enorme capacidad para influir sobre la información que llegaba a la sociedad. La cobertura televisiva tendió a presentar las movilizaciones estudiantiles desde la mirada oficial, mientras que buena parte de los medios impresos también utilizaron términos como “agitadores”, “terroristas” o “francotiradores” para explicar lo ocurrido.


Eso no significa que todos los periodistas hayan actuado de la misma manera. De hecho, hubo excepciones. Hubo publicaciones y reporteros que estuvieron en Tlatelolco y dejaron constancia de lo que vieron.

El problema fue que la sociedad mexicana no recibió de inmediato una explicación completa de lo que había sucedido.



Y ahí aparece una de las grandes lecciones del 68: controlar la información no necesariamente significa impedir que la gente vea una tragedia; también puede significar decidir qué parte de esa tragedia llega a las casas, qué palabras se utilizan para describirla y qué versión termina instalándose en la memoria colectiva.


Durante décadas, Tlatelolco quedó rodeado de silencios, versiones oficiales y cifras contradictorias. Mientras tanto, las fotografías, los testimonios de sobrevivientes, los periodistas que estuvieron ahí y las investigaciones posteriores fueron reconstruyendo una historia mucho más compleja.


Por eso, cada 2 de octubre no solamente se recuerda a quienes murieron en la Plaza de las Tres Culturas. También conviene recordar a quienes intentaron contar lo que estaba ocurriendo y preguntarnos qué responsabilidad tiene el periodismo cuando el poder pretende imponer una sola versión de los hechos.



Porque un gobierno puede intentar controlar un noticiero durante una noche. Puede ocultar fotografías, limitar información o reducir una tragedia a un “enfrentamiento”.


Lo que resulta mucho más difícil de controlar es la memoria.


Y quizá por eso la frase “hoy fue un día soleado”, aunque probablemente nunca haya sido pronunciada como se cuenta, sobrevivió durante décadas. No por su valor como registro histórico, sino porque terminó representando algo más profundo: la idea de que un país entero podía estar viviendo una tragedia mientras sus pantallas intentaban convencerlo de que todo seguía con normalidad.

El 2 de octubre de 1968 también fue eso: una batalla por la verdad.

Y en esa batalla, el silencio de los medios también forma parte de la historia.

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