AMLO y el clavo ardiendo
- Marcel Sanromà

- 9 feb 2021
- 4 Min. de lectura
Del barrio al mundo
Es una muy buena noticia que el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, se haya recuperado de la COVID-19 sin complicaciones mayores. O eso parece, a tenor de su capacidad de soportar sus largas mañaneras sin mayores problemas tras reaparecer el lunes. Desde luego, lo último que le faltaba al país era ahora perder al presidente, así que esta es una noticia a celebrar.

Lo que no se puede celebrar es que AMLO haya regresado al ruedo político con la misma necedad que mostró antes. La historia es familiar. Cuando Jair Bolsonaro se contagió de COVID-19 hace ya muchos meses, algunos dijimos “bueno, a ver si así aprende, toma consciencia y entra en razón”. No fue así. Lo mismo ocurrió cuando Donald Trump se contagió: “Con un poco de suerte al menos empieza a pedir usar cubrebocas”. Diez días después de recuperarse estaba burlándose de Joe Biden en un debate presidencial porque, dijo, usa “el cubrebocas más grande que hayan visto nunca”. Y ahora, con López Obrador. Yo ya no lo esperaba, la verdad, dados los precedentes con sus afines de pensamiento en esto de la pandemia, pero sí supe de quien guardó la esperanza. Pero no, AMLO no ha aprendido absolutamente nada, y regresó diciendo que no piensa usar cubrebocas, por mucho que diga nuestro zar anticovid, Hugo López-Gatell.
No es ningún descubrimiento que el presidente se alinea con los ignorantes que comparten memes en Facebook tildando la mascarilla de “bozal”, e incluso hace justo un año este jueves se burló en una mañanera del cubrebocas, comentando que hace diez años, con la pandemia de H1N1, “¿se acuerdan que nos pusieron a todos…?” E hizo gesto de cubrirse la boca con la mano. “No podíamos hablar y, bueno, eso no” lo haremos, dijo, a continuación.
Sin embargo, uno pensaría que después de su contagio, es absolutamente injustificable el negarse a usar cubrebocas. Más, teniendo en cuenta que ha sido precisamente su negligencia durante meses a la hora de cuidarse ante la pandemia la que le ha llevado a contagiarse (y habría que ver cómo la hubiera librado con las condiciones en las que los enfermos de “la base de la pirámide” –Patricia Armendáriz dixit— se enfrentan a la enfermedad). Pero no, sus fieles seguidores siempre encuentran la manera de justificarlo.
Y esto me lleva a preguntarme qué es lo que hace que este presidente –que no el gobierno, todo es el presidente— tenga un apoyo tan férreo, tan inquebrantable incluso cuando le más básica sensatez dicta la necesidad de criticar algunas de sus decisiones. Por supuesto, hay una militancia obradorista que le ha seguido desde que enseñaba a cultivar en camellones en Tabasco en los ochentas cuando estaba en el PRI, pasando por la toma de pozos petroleros en el mismo estado y el plantón del Zócalo capitalino en su etapa del PRD, cuando perdió contra Felipe Calderón, y hasta su llegada al poder hoy en día con Morena. El estilo de vieja política de López Obrador es efectivo a la hora de reclutar apoyos locales de largo recorrido, pero uno no logra 30 millones de votos solo con militancia activa y clientelismo.
Lo cierto es que cuando Morena se presentó en 2018 como “La esperanza de México”, presentó uno de los eslóganes más brutalmente ciertos que se podrán recordar en política en muchas décadas. Millones de personas creyeron que López Obrador, que se había labrado fama de luchar por el pueblo y de gestor decente como jefe de gobierno de la Ciudad de México, era la persona indicada para romper con años de corrupción y violencia en los mandatos de Calderón y de Enrique Peña Nieto. Yo mismo comentaba en aquella época que, ante la negligencia y descrédito tanto de PRI como PAN, valía la pena apostarle a una estrategia diferente. En aquel contexto, cuando los últimos años de EPN estaban marcados por los escándalos y la violencia y nadie olvidaba cómo su antecesor inauguró la guerra contra el narco, tenía sentido, y no me escondo de haberlo defendido.
Yo, en estos dos años de gobierno obradorista, he pasado de la comprensión a la tolerancia y luego a la frustración y el enojo, no sin reconocer que algunas de sus obras de gobierno son acertadas, como la reforma del outsourcing o la apuesta de reintroducir las pensiones de jubilación. Sin embargo, para mí y para muchos otros ya no hay esperanza que valga, y lo que nos queda es confiar en que estos casi cuatro años que quedan puedan aportar algunas leyes y reformas positivas más y que la retórica autoritaria y de confrontación del presidente haga el menor daño posible.
Sin embargo, comprendo que mucha gente se resista a tirar la toalla. En España hay una expresión que es “agarrarse a un clavo ardiendo”. En resumen, agarrarse a algo con desesperación. Lo que medio México está haciendo ahora mismo es exactamente eso: Negarse a ver la realidad del gobierno de López Obrador y creer realmente que está habiendo algún tipo de “transformación” positiva. Porque dicen que la esperanza es lo último que se pierde, y si la base electoral de López Obrador acepta que “la esperanza de México”, la que, por ejemplo, prometía que se perseguiría la corrupción y que mejoraría la seguridad, resultó ser un fracaso, o directamente una mentira, ya no quedará nada. Y es que ahora mismo no hay alternativa: el PRI y el PAN siguen teniendo el mismo descrédito, y el PRD no logra encontrarse a sí mismo. Fuera de Morena, no hay nada. ¡Fuera de López Obrador, no hay nada! Por tanto, lo único que queda para muchos es agarrarse a un clavo ardiendo y seguir creyendo.
Twitter: @marcelsarona




Comentarios