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Derecho al amor

  • Foto del escritor: Gilberto Alejandro Mejía
    Gilberto Alejandro Mejía
  • 25 jun 2021
  • 4 Min. de lectura

Sopa de letras

La semana pasada fue de grandes logros para la comunidad de la diversidad sexual: se aprobó matrimonio igualitario en los estados de Sinaloa y Baja California, a pesar de la gran presión que grupos conservadores ejercieron para que no ocurriera, principalmente en la segunda entidad. El panorama en este terreno se observa prometedor, pues en los diferentes congresos locales este derecho continúa abriéndose paso, como es el caso de Durango donde se discute actualmente para su votación en los próximos días.



Como siempre en estos temas, no se hicieron esperar las opiniones de la gente en redes sociales, desde los ya clásicos pro-familia, de los cuales no hay mucho qué decir pues ya sabemos que lo suyo no es más que fundamentalismo, odio, prejuicio y desinformación, hasta los más “radicales de izquierda” quienes, contrario a lo que se pensaría, tampoco ven con muy buenos ojos a la diversidad sexual y de género. Si uno se clava en los comentarios de cualquier publicación o tweet que informe algo relacionado con la población LGBT+, cada vez es más común observar el desagrado de estas voces del “verdadero” progresismo.


En el caso de matrimonio igualitario, lo que alegan estas personas, entre otra sarta de ocurrencias, es que las personas de la diversidad sexual reproducimos la heteronorma, y por tanto la opresión patriarcal, al apelar a la figura de matrimonio tradicional en lugar de combatirla, con lo cual se incurre en una especie de nuevo pecado que ellos y ellas mismas se encargan de juzgar, según sus propios mandatos y moral. Quién lo diría.

¿Entonces las personas de la diversidad sexual y de género tendríamos que abandonar la idea de emparentarnos formalmente con tal de cumplir con la intención de modificar toda la estructura dominante de género? Veamos.


Esta misma semana se llevó a cabo una plática titulada “Teoría Queer para personas no académicas” en la que participó el Dr. Martín de Mauro Rucovsky, investigador del Centro de Investigaciones y Estudios de Género de la UNAM, donde se dieron a conocer la historia y los alcances de este campo de estudio. Entre las preguntas que se hicieron por parte de la audiencia, alguien externó la duda de cómo se puede abordar lo queer desde el ámbito estatal, a lo que el académico respondió que si bien el Estado tiene una concepción muy particular y jerarquizada de lo que es un ciudadano, se identifica cierta ruptura y apertura con la inclusión de poblaciones históricamente relegadas, como es el caso del reconocimiento a la identidad de las personas trans.


Si nosotros extendemos esta idea y partimos de la premisa de que para el Estado y la sociedad el matrimonio históricamente se ha concebido como la unión entre un hombre y una mujer, el hecho de que parejas del mismo sexo estemos buscando reconocimiento formal para nuestras uniones representa también una ruptura no sólo con la lógica estatal, sino con las estructuras dominantes de género mismas. Es decir, cuando dos hombres o dos mujeres, partiendo de lo más básico de la diversidad, se relacionan sexual y afectivamente, están ya transgrediendo la norma y mandatos heterosexuales.


Ahora, como bien han afirmado infinidad de expertos y expertas en diversas áreas de estudio, la orientación sexual no se elige ni se modifica. Sin embargo, al ser la relación hombre y mujer el punto de partida para la configuración social del género, los cuerpos y afectos de quienes nacimos fuera de estos preceptos han sido moldeados violentamente a manera de intentar hacernos coherentes con lo que marcaba el sistema. No es ningún secreto que a todos desde pequeños nos encaminan y enseñan a relacionarnos sexual y afectivamente con el sexo opuesto.

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Hay otros quienes incluso afirman que la retórica de amor es amor, recae en el mismo mandato heterosexual y romántico en las relaciones sociales. Aquí les reconozco un punto, el amor como discurso sí ha sido reducido a exclusividad de las parejas heterosexuales, pero ello no quiere decir que nosotros debamos eliminar la posibilidad de amar. Sería tan absurdo como pensar que una persona de clase baja no pueda acceder a una prenda de marca pues ésta fue diseñada para clases altas. Y sí, hay parejas homosexuales que deciden vivir en monogamia, y sí, en las parejas gay también llega a haber violencias propias de la normativa hetero, pero déjenme recordarles que nuestros derechos no son una mercancía que deba comprarse con progresismo.


Es injusto alegar que debemos alejarnos de la posibilidad de reconocimiento estatal, pues no se dan cuenta que con ello se garantiza y se protege nuestra vida e integridad. Mira qué fácil es decir que deberíamos brincarnos esa oportunidad, cuando las personas heterosexuales nunca se han visto en peligro por el simple hecho de expresar cariño a sus parejas en público, darse un beso o caminar de la mano ¿Qué otra opción proponen entonces? ¿Hacía qué escenario nos movemos en el que se garantice que podamos relacionarnos y amarnos plenamente sin que nuestras vidas se vean amenazadas? Llama la atención que para nosotrxs siempre haya tantas condicionantes para conseguir un poco de reconocimiento.


Si bien es cierto que el camino en la exigencia de derechos no termina con el matrimonio igualitario, no deja ser este el primer paso pues con él se protege no sólo nuestro patrimonio e integridad, sino el derecho a poder amar. Afortunadamente nuestro país está en ese proceso, existe el respaldo de la Suprema Corte y hay cada vez más voluntad política por parte de los y las legisladores para materializar este derecho. Qué nada nos detenga. Feliz día del orgullo LGBT+.

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