El camino menos transitado
- Liliana Páez Villaseñor

- 9 jul 2021
- 5 Min. de lectura
Estando en proceso de duelo, charlaba con un familiar, ambos sufrimos la misma pérdida. Mi interlocutor sentía mucha culpa, yo mucho menos que él, puesto que cuento con apoyo terapéutico (que incluye la dimensión espiritual), así que sintiéndome empoderada por mi actual comprensión del tema, le pregunté ¿en qué le ayudaba sentir culpa?, me contestó que era algo necesario para reflexionar sobre lo que hacemos mal. Definitivamente estoy en total desacuerdo. Quiero aclarar que, para llegar a estas conjeturas, yo también había sentido culpa y mucha.

Entraré en materia, no sin antes reconocer que esta información ya se sabe, ya se difunde y no siempre se reflexiona, así que no hay nada nuevo aquí, más que mi experiencia personal con el tema y lo que derivó de ella, pero, creo firmemente que un testimonio vale más que mil tratados.
Cuando nuestros seres queridos parten de este plano, es muy común pensar que pudimos hacer más por ellos, alargar su estancia, evitar su partida o simplemente, nos damos cuenta que no pasamos el tiempo suficiente a su lado, y como resultado, subyace a esas creencias el sentimiento de culpa, uno de los más terribles y destructores. La mayoría de las veces, es inevitable sentir culpa, pero si entendemos su origen, su función y su falta de sentido, la podemos transmutar (Mudar o convertir algo en otra cosa, Diccionario de la Lengua Española).
La culpa es una emoción “artificial”, impuesta y totalmente inútil, sin embargo, está de lo más normalizada. La culpa en este panorama, viene de la creencia en que tenemos poder sobre los otros y sus circunstancias, que está en nuestras manos el destino o que podemos determinar los resultados del otro, cuando el único poder que poseemos es sobre nosotros mismos, sobre nuestros pensamientos, emociones y acciones, y si llegamos a tener influencia en el otro, es porque él o ella, así lo permiten, siempre es una decisión la forma en la que vamos a responder ante los eventos de la vida. Para muestra el famoso y contundente texto de los hermanos mellizos:
“Dos hermanos gemelos fueron criados por un padre borracho. Uno de ellos se volvió alcohólico, cuando le preguntaron ¿qué pasó? contestó: “Mi padre me dio un mal ejemplo…” El otro niño creció y jamás bebió en su vida. Cuando le preguntaron el porqué, contestó: “Mi padre me dio un pésimo modelo a seguir…” Dos hijos, el mismo padre, dos puntos de vista diferentes.
Kirk Franklin- Siempre tienes una elección: ser víctima o ser sobreviviente.
Del mismo modo, podemos elegir o no la culpa, todo está en el derecho que viene con dos poderosas palabras: libre albedrío.
Para los que reconocemos la existencia de la vibración en toda creación, sabemos que la culpa es una emoción de muy baja vibración, que nos desconecta de nosotros mismos, del amor, por qué el resultado de sentir culpa es creer que se merece un castigo, pensando que la pérdida incluso es el castigo mismo, sintiéndonos así, podemos permitir que los demás también nos castiguen aceptando sus juicios o manipulación, debido a lo vulnerables que nos sentimos, o bien podemos autocastigándonos por creer que aún nos falta sufrir por nuestros errores.
Finalmente, instalarnos en la culpa, puede arruinarnos, más que llevarnos a superar la pérdida, y con ello, dejar de lado, que la razón de nuestra existencia es restablecer el amor y eso se inicia con nosotros mismos; si nos enganchamos con la culpa, nos hacemos daño, yo no he sabido de alguien que logre evolucionar sintiéndose culpable.
He planteado la culpa en el panorama de una pérdida, sin embargo, ésta se presenta en cualquier faceta de nuestra vida, yo elegí este contexto, porque fue en el que la experimenté con la mayor intensidad, al grado de que, en el esfuerzo por superarla, lo que fui encontrando en el camino, me transformó; claro también encontré otras respuestas acerca de la muerte, que en otro texto con gusto compartiré, mismas que igualmente me ayudaron con la culpa. La otra razón es que este ha sido un periodo de pérdidas a nivel humano y muchos estarán lidiando con esta emoción, quizás estás palabras puedan aportar algo. La muerte ha sido mi más grande lección.
Los animales, son seres que, a diferencia de los seres humanos, conservan su conexión con la naturaleza y su inherente sabiduría, fluyen con ella ¿alguien ha observado algún animal sentirse culpable por tomar una presa para alimentarse? ¿o por dejar que sus hijos emigren de la manada?,¿cuándo se ha visto, que una hembra sienta culpa por qué su cría no tenga al padre cerca? eso no pasa, los animales no sienten culpa, pero tampoco toman más de lo que requieren, ni se frustran si las cosas no son como ellos desean, simplemente se adaptan y siguen adelante, no son tan complicados como nosotros, pero tampoco tienen nuestras pretensiones de dominar todo cuanto se pueda en su entorno, simplemente sincronizan con él, nosotros podemos volver a ser como ellos, desde nuestra propia naturaleza, también contamos con capacidades que nos pueden volver a conectar con el flujo natural de la vida, con nuestra luz y sabiduría interior, para sentir cada vez menos culpa, o incluso erradicarla. El mejor de esos recursos se llama CONSCIENCIA.
No es la culpa la que nos lleva a reflexionar sobre nuestros actos, sino la CONSCIENCIA, la diferencia es abismal.
La consciencia es el proceso amoroso que nos permite ver con claridad, aceptar y sobre todo hacernos cargo, asumir la responsabilidad por nuestros actos, aceptando también sus consecuencias, sin juicios, con entendimiento y mucha fe.
Desde la conciencia, me pude dar cuenta de que eran mis creencias acerca de la muerte, de las relaciones, entre otros aspectos, que aunados, a las expectativas de los demás, eran un cúmulo que me estaban causando esa culpa. Bastó con ir cambiando la perspectiva con el filtro de la conciencia e ir abordando cada tema, despejando la neblina con la que se había empañado mi visión por el entramado de ideas densas, con las que todos convivimos y con las que colaboramos la mayoría, en crear, cada día. Es hora de hacer el proceso a la inversa.
Abrir la conciencia espiritual, es un trabajo que se hace desde lo más profundo del ser, para mirar el origen de las programaciones, creencias y pensamientos discordantes que están determinando nuestras emociones, apegos y acciones actuales, para reconocer nuestras incongruencias, siendo compasivos ante ellas, y así alcanzar la neutralidad que nos permita restablecer el orden interior. No hay nada mejor que un despertar de conciencia, lo demás viene por añadidura.
Este proceso suele ser doloroso, pero muy liberador, para valientes, porque implica ver quién realmente eres, no quién crees ser, implica llanto y con él la sanación, implica hacer las paces con el ego y aprender juntos que podemos tener, no lo que queremos, sino lo que es mejor para nuestro más alto bien. Pero hago la advertencia, ser consciente tiene un alto precio socialmente hablando, no se logra sin un periodo de soledad y alejamiento, para que nada te distraiga de ti mismo, como lo hicieron, por ejemplo, Jesús y Buda. Como resultado, tendrás posturas diferentes a la mayoría y dejarás de buscar la aprobación de los demás. Empezarás a vivir en congruencia.
La conciencia es una poderosa herramienta que se debe ganar con trabajo interior, para activarla, es necesario romper paradigmas, cuestionar lo establecido, abrir la mente y sobre todo conectar con la sabiduría del corazón, caminar en dirección diferente a la mayoría, es decir, ir por el camino menos transitado.
Liliana Páez Villaseñor, Comunicóloga, académica, facilitadora en PNL y Desarrollo Humano, tallerista teatral.




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