El mito de la cultura
- Gilberto Alejandro Mejía

- 10 jun 2021
- 4 Min. de lectura
Por fin se llevaron a cabo las elecciones intermedias. Se acabaron las campañas, la gente salió a votar y los resultados preliminares ya dieron a conocer a las y los virtuales ganadores. Morena se queda con la gran mayoría de gubernaturas, congresos locales y mantiene mayoría absoluta en la cámara de diputados. Un gran triunfo a todas luces, exceptuando el caso de la Ciudad de México, bastión de la izquierda y el obradorismo, donde, a pesar de mantener también la mayoría en el congreso local, perdió la mitad de alcaldías frente a la coalición PRI-PAN-PRD, con lo cual la ciudad quedó prácticamente dividida por el centro: del lado oriente, las alcaldías gobernadas por Morena, y en el poniente, las de la coalición.

Al respecto no han faltado diversos análisis que concluyen, entre otras cosas, que el retorno de los viejos partidos se debe a que las colonias y zonas de clase acomodada tuvieron una participación mayor en las elecciones en relación con las colonias populares. En el mismo sentido algunos otros sugieren que en la ciudad las clases acomodadas optaron por el llamado “voto de castigo” contra Morena a raíz del reciente desplome en la Línea 12 del metro (lo cuál sería irónico si pensamos que hay poca probabilidad de que dichas personas utilicen este transporte). En cualquiera de los casos lo que se deja entrever es que hay una intención por parte de dicho sector de regresar a los antiguos regímenes por el temor y fobia que les despierta la cuarta transformación con su intención de configurar y consolidar una sociedad más igualitaria en el país.
Esta cuestión quedó por demás evidenciada con la serie de memes y opiniones que circularon una vez que se informó sobre la distribución de partidos en alcaldías y la “división” entre poniente y oriente en la capital.
La que más llamó la atención fue aquella imagen que dentro del mapa seccionado en dos, menciona que del lado azul están los que pagan impuestos, y del lado guinda los que viven de subsidios y programas sociales. Algunos otros usuarios, llevando el tema mucho más lejos, afirmaron que del lado poniente está la gente blanca, limpia, culta y letrada, mientras que del lado oriente está la gente prieta, barrio, ignorante, huevona y analfabeta. La configuración de un discurso clasista y racista por donde se le quiera analizar.
No habría científica/o social o analista política seria que se atreviera a afirmar que la clase, el grado de estudios o el acceso a internet dotan por sí mismos de una opinión sofisticada en temas políticos a la población, pues no hay evidencia para concluir algo tan absurdo. Si pensamos en Mario Vargas Llosa, escritor ganador del premio nobel, quien llamó a votar por la candidata de derecha, Keiko Fujimori, en las elecciones realizadas esta misma semana en el Perú, una mujer que además de negar los crímenes de lesa humanidad cometidos por su padre, tiene sus propias acusaciones por lavado de dinero en el caso Odebrecht (en el que también estuvo bien involucrada la administración de Peña Nieto, por cierto), nos damos cuenta que las letras no quitan lo fascista ni lo conservador.
Es más y sin ir tan lejos, en plena veda electoral un amplio grupo de influencers, entre ellos y ellas muchas que provienen de familias adineradas de Televisa, llamaron a votar por el Partido Verde, transgrediendo la ley por unos cuantos pinches miserables miles de pesos. Es evidente que los privilegios sociales dotan a los individuos de ciertas herramientas que les permiten sobresalir entre los demás, pero de ello no deviene un alto nivel ético, ni de solidaridad, mucho menos de consciencia social. Ese es un mito que se ha mantenido a través de los siglos para legitimar las contradicciones de clase, para sostener la brecha de desigualdad tan marcada entre el sector mínimo de la población que es la clase adinerada y la mayoría que son clases populares.
Lo preocupante de aquellos discursos impregnados de diferenciación racial y de clase sobre los resultados de la pasada elección, es que además de inaugurar una posible ola de discriminación, pueden ser la antesala del asenso de una derecha mucho más agresiva a la que conocemos. La escritora y académica feminista Sarah Ahmed, en su libro titulado Política Cultural de las Emociones, analizó una serie de textos de tipo nacionalista en los que se llama a rechazar migrantes por “amor” a la patria. Sus conclusiones fueron que la emotividad invertida en dichos discursos, traen como ganancia una serie de acciones que dieron impulso a la ultra derecha en Gran Bretaña. No se trata de ser políticamente correctos, sino de estar alerta frente a las ideologías y movimientos políticos que se esconden detrás de los productos comunicativos.
Afortunadamente muchos de los derechos ganados hasta ahora en la Ciudad de México están asegurados ya que ascendieron a rango constitucional gracias al trabajo de activistas y legisladoras/es de izquierda en los últimos años. Sin embargo, muchos otros están todavía en disputa, como es el caso del proyecto de infancias trans que a pesar del arduo trabajo entre madres, padres y congresistas, se vino abajo gracias al cabildeo de grupos pertenecientes al feminismo transfóbico y la poca voluntad política del PAN y el PRI para impulsar la iniciativa. Es por ello que ante este panorama uno se pregunta si la derecha realmente busca continuar con el proyecto de ciudad de derechos, o por el contrario, apuesta por el retroceso.
La Ciudad de México siempre se ha caracterizado por su diversidad de todo tipo y es esa misma la que la ha llevado a posicionarse como lugar de vanguardia a nivel nacional en materia de derechos y oportunidades. Por eso es que discursos tan segregadores no deben tener lugar y habrá que estar pendientes, más allá de sólo rechazarlos o silenciarlos, de las relaciones de poder y las intenciones políticas que están detrás de ellos. Ya veremos qué pasa en los siguientes tres años.




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