La verdadera fragilidad
- Gilberto Alejandro Mejía

- 6 ago 2021
- 3 Min. de lectura
Sopa de letras
Cuando el clavadista y campeón olímpico Tom Daley se dispuso a tejer mientras presenciaba la competencia de salto sincronizado femenil en los actuales Juegos Olímpicos de Tokio, seguro no se imaginó el revuelo que la simple imagen de su acción desencadenaría.

En aquel cuadro no se observa otra cosa más que al deportista utilizando sus agujas, portando la camiseta de su equipo y observando el actuar de sus compañeras. Sin embargo, el hecho de tratarse de un hombre gay, que vive en matrimonio y que además es padre de un pequeño, fue motivo suficiente para despertar, de nuevo, el repudio de las mentes más conservadoras y ultra progres, que ya para estas alturas, se manifiestan como perros de una misma jauría.
Desde hace ya varios años, uno de los reclamos más frecuentes de la gente que se presume como consciente y despierta en redes sociales, es el que le hacen a los varones que ostentan una “masculinidad frágil”, es decir, aquellos que se muestran renuentes a abandonar todo aquello que sea estereotípicamente masculino.
Si bien este alegato puede parecer confuso y contradictorio, empezando por la poca claridad mostrada entre los conceptos de hombría y masculinidad, y porque además apela a un ideal de hombre basado en la diferenciación sexual heteronormada, la consigna a simple vista no parece descabellada, en tanto que bien sabemos que las formas en que llegamos a ser socialmente hombres (que no nacemos, valga mencionarlo) están impregnadas de desigualdad, jerarquía, dominación, etc.
¿Por qué entonces un hombre que teje causó tanta incomodidad entre muchas de estas personas?
Las primeras en poner el grito en el cielo fueron nuevamente las llamadas feministas radicales, quienes entre toda una sarta de ocurrencias absurdas, mencionaron que el tejido es una “actividad propia de las mujeres”, por lo que acusaron a Daley de apropiación, borrar mujeres y hasta de tratante de blancas cuando se enteraron que es padre un pequeño que nació por gestación subrogada.
Luego vinieron los más progres, la “verdadera izquierda”, los hijos deconstruídos de Twitter que sacaron sus teorizaciones más punzantes a través de hilos en las que dijeron sentirse ofendidos de la forma en que supuestamente el clavadista robó atención a las mujeres y le reprocharon a los gays perpetuar la idolatría hacía los hombres blancos. Algo así como Pocahontas, supongo.
El punto es que toda esta gente parece haber buscado entre su catálogo de lugares comunes para hacer denuncias en sus redes y así tener algo con que descalificar al clavadista. Pero la verdad es que para qué nos hacemos, amigas, lo que a ustedes más les brincó es que se tratara de un hombre gay.
En la imagen mostrada en televisión no hay nada que sugiriera que Daley es homosexual, eso lo agregaron como catalizador a su indignación, de ahí sacaron lo de su familia, de ahí acusaron colonialismo, de ahí que sacaran a relucir una de las frases más trilladas y regañonas de hoy en día: lo gay no quita lo misógino
¿Pooor?
Se supone que estábamos muy en contra de que se nos siguieran atribuyendo actividades como algo naturalizado a cada de uno de los géneros, pero apenas vieron a un hombre haciendo algo que según es “propio de las mujeres” y se convirtieron en tíos panistas reprimiendo a sus sobrinos cuando los ven llorando “como niñas”.
Es más, si lo pensamos, lo que esta gente alega es mucho peor, porque se cuelgan de situaciones y conceptos que tienen un uso específico y necesario para atender problemas de otros sectores sociales, pero son usados sin la menor ética como estrellitas en la frente para competir por ver quién tiene la denuncia más creíble.
Creo que no exagero cuando digo que esta gente lo que en realidad sacó a relucir fue su homofobia arraigada y el machismo tan tradicional que les provoca urticaria cada que ven a alguien fuera de lo que se considera propio del ser hombre o ser mujer. Vaya comprensión que tienen de la configuración social del género, quieren desmontar la dominación masculina dejando todo tal y como siempre ha estado.
Tanto que se adornan con esa superioridad moral cuando hablan de masculinidad frágil y a la menor imagen explotan como pompas de jabón entre berrinches e inventándose opresiones que realmente ni les atraviesan. La verdadera fragilidad viene entonces no sólo de los conservadurismos clásicos, religiosos, fundamentalistas, sino también de aquellos que se disfrazan de progresismo, preocupación por la evolución de la sociedad y hasta de reclamos por una sociedad justa. Qué farsantes, la verdad.




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