Letras Umbrías
- Michel Maya

- 14 ago 2021
- 4 Min. de lectura
La pandemia nos puso pecho tierra, hay que levantarnos con fuerza
¿Qué pasó con los sueños que teníamos? La pandemia se llevó muchos de ellos, otros se quedaron en pausa y otros se cumplieron a medias. La pandemia hizo lo que a muchos nos faltaba, aterrizarnos de golpe, a muchos nos dolió y a otros solo los cambió necesariamente de lugar. ¿Esto era algo necesario para la humanidad? Habrá quien diga que sí, y quien diga que no. Lo obvio es que es una oportunidad de valorar, de agradecer y sobre todo de aprender.

Mi experiencia con el COVID fue algo que no esperaba y que, de verdad, deseo que no vuelva a pasar. Era junio de 2020 y el virus no tenía mucho en nuestro continente, las noticias sobre China e Italia eran devastadoras. La pandemia azotaba Suramérica, la gente permanecía con los cadáveres de sus familiares en casa, otros los cremaban en el patio o en las entradas de sus hogares. Encender el televisor era terrorífico, ir en el transporte era igual, no había otro tema en los noticieros. El uso de cubrebocas, gel antibacterial, guantes de látex, lavarse las manos se volvieron esenciales y prevalecen hasta ahora al igual que el virus de COVID.
El virus entró en la casa de mi familia y no supimos cómo, tal vez por usar el transporte público o porque en mi lugar de trabajo muchas personas no creían en él o por simple causa del destino, lo único que me interesa ahora es no volver a pasar por esa inquietud. Todo comenzó con un dolor de cabeza inusual, seguido por un dolor de cuerpo que se parecía al de un resfriado común pero, algo andaba mal, no era como el de resfriado. De un día para otro mi estado de salud empeoró, ya no podía ver bien, ya no respiraba correctamente y el dolor en los pulmones era insoportable. Esto estaba comenzando. La tos empeoró al grado de no poder bostezar, el simple hecho de abrir la boca ocasionaba un ataque que no podía controlar, caminar tampoco era tarea fácil ya que los mareos eran muy fuertes. La fiebre venía cada tanto durante el día, dejándome reposar por periodos de media hora más o menos y ni hablar de comer, masticar la comida era muy cansado.
Una cosa eran los malestares físicos, lo peor fue cuando los pensamientos comenzaron a hacer ruido, ¿qué va a pasar? No hay cura ¿qué medicina debo tomar? ¿Funcionará la medicina? Es un virus nuevo, no hay nada para enfrentar esto, fue mi culpa… Honestamente lo que más me ayudó fue mi mente, claro, después de encontrar la manera de voltear todos los pensamientos negativos y los de temor. No fue fácil, pero al ver como cada uno de los integrantes de mi familia enfermaban, tuve que buscar la manera de ayudar y de no dejarme vencer. No había tiempo que perder. El peor momento fue cuando tuvimos que buscar oxígeno, la gente se aprovechaba de las circunstancias para vender o rentar tanques a costos exagerados. Los precios de los medicamentos se modificaban cada día. La angustia crecía al igual que el miedo.
Los medios de comunicación difundían información que era difícil de distinguir de las noticias falsas. Estoy segura que mucho de lo que hicimos para poder curarnos, estuvo mal, pero mucho más fue lo que nos ayudó a salir adelante. Las secuelas se quedaron por mucho tiempo más, el uso de inhalador, los dolores de espalda y la ingesta de ácido ascórbico se quedaron por un tiempo.
La pandemia vino a separar familias, amistades y amores, las redes sociales ayudaron a la comunicación entre estas personas que dejaron de verse por meses, incluso años ya. La fuerza, el apoyo y el amor permanecen uniendo, reforzando lazos. Muchos se fueron y no hubo oportunidad de despedirse pero, aprendimos que un mensaje o una llamada no están de más. Hoy se sigue luchando contra variantes nuevas, contra el nepotismo, la injusticia y la ignorancia. La medicina ancestral se unió con la moderna, las plantas medicinales en conjunto con pastillas y jarabes siguen siendo recomendados y de nuevo se pasan conocimientos de boca en boca, la confianza en los médicos también se recuperó.
Muchos sueños se quedaron parados, otros se tuvieron que cambiar y muchos otros no se realizaron. Lo que queda claro es que la capacidad de soñar sigue viva, la fuerza que muchas veces creímos perdida sigue saliendo de lo más profundo de nuestro ser y las ganas de salir adelante y ser mejores también.
Sigamos con las precauciones pertinentes, cuidémonos los unos a los otros, no caigamos en el error de pensar que ya teniendo la vacuna estamos librados, la batalla sigue. Hagámoslo por los que no están, por los que luchan contra esto en hospitales o en sus hogares, por los que salieron victoriosos y principalmente por los que no creen es esto. La pandemia nos puso pecho tierra, hay que levantarnos con fuerza.




Excelente narrativa gracias por compartir.