No hay medios sin cultura
- Gilberto Alejandro Mejía

- 16 jul 2021
- 4 Min. de lectura
Sopa de letras
Si algo tienen en común los grupos progres y conservadores de nuestra época es la idea de que los medios de comunicación y sus contenidos funcionan como eficaces constructores de la conducta de las audiencias.

Han pasado casi 100 años de la postulación de la Teoría de la Aguja Hipodérmica o Bala Mágica en los estudios de comunicación y al parecer los medios aún se conciben bajo esa noción que ubica a las audiencias como receptores pasivos y de mentalidad moldeable en función de los productos comunicativos a los cuales se expongan.
El caso más reciente que da cuenta de aquella concepción arcaica sobre los medios de comunicación es el reclamo por parte de la llamada “generación de cemento” que se indignó por la película Luca de Disney, en donde los personajes principales, una pareja de varones, desarrollan un evidente vínculo emocional amistoso y a partir de ello se alegó que se está adoctrinando a las infancias para inclinarse por la homosexualidad.
Creo que estaremos de acuerdo en concluir que aquel alegato no es más que una maroma tonta para maquillar la homofobia todavía muy presente en nuestros días, la clásica estupidez que sale a flote cuando se trata de atacar a alguna minoría. Incluso me gustaría decir que se trata de la típica visión e ideología reduccionista de los grupos más conservadores y de derecha pero, siendo honestos, nuestra ala progresista tampoco se escapa de caer en este tipo de pensamiento. Basta con checar lo que se dice cuando quieren “cancelar” contenidos según la idea de que se “normaliza” esto o se “sexualiza” lo otro. Ejemplo el reclamo de las llamadas feministas radicales que buscan eliminar las escenas de sexo de todo tipo de películas. Háganme el favor.
Y sí, puede que se trate de discursos e intencionalidades distintas, sin embargo la consigna hacia los medios es la misma: que se deje de transmitir tal serie, que se baje aquella canción de las plataformas, que los niños no consuman equis contenido porque, según lo que creen, de ello resultarán inequívocamente individuos con conductas específicas como si se tratara de una especie de programación en la computadora de robots fabricados en serie.
Si bien es cierto que a lo largo de su historia, los estudios en comunicación han evidenciado una relación, que no una influencia directa y unidireccional, entre los productos comunicativos y la ideología, conductas y opiniones de las audiencias, el problema es mucho más complejo que sólo eso. A principios del siglo XX, en el auge de la propaganda bélica, nació la teoría de Aguja Hipodérmica o Bala Mágica que identifica a los individuos como receptores homogéneos y susceptibles de responder eficazmente a lo que los medios transmitieran. Sin embargo, posterior a esto, han existido infinidad de escuelas de estudios sociales que han refutado dicha teoría al considerarla como insuficiente para explicar el fenómeno de la comunicación y la conducta de los receptores, muchas de ellas partiendo de la premisa de que los medios están inmersos en un mundo social y simbólico previo que está presente en los mensajes transmitidos: la cultura.
Dos conocidos autores latinoamericanos, Néstor García Canclini y Jesús Martín-Barbero, se alejaron por completo de esa visión tradicional que entiende a la comunicación sólo desde los medios y dirigieron sus intereses de estudio hacia la parte activa de las audiencias, el contexto político, la construcción simbólica y los procesos sociales de las clases populares. El primero de ellos, menciona que la “dimensión simbólica de la sociedad” es la que determina el consumo cultural de los individuos, es decir, la interacción social y los procesos históricos de los cuales provienen los sujetos, y critica el hecho de que desde los espacios académicos y de alta cultura se califique a las clases populares como receptores sin raciocinio ni consciencia de lo que consumen.
Por su parte, de Martín-Barbero destaca, entre sus múltiples trabajos, la conferencia titulada De la Comunicación a la Cultura, donde explica cómo la cultura de masas es aquella apropiación de la cultura popular por parte del poder político y el poder de los medios de comunicación, convirtiendo el imaginario social en productos con cierto grado de domino a través de los cuales los sujetos se leen a sí mismos o se identifican. Por tanto, según el autor, aferrarnos a la idea de la dominación unidireccional es dejar de lado la historia de las sociedades y las formas de interacción entre los grupos de poder y los grupos subordinados, pues la cultura popular está conformada por ambas esferas.
Lo que se rescata en conclusión de ambos autores es que los productos mediáticos no tienen sentido sin el escenario que se forma a través de los procesos culturales. Apelar a la eliminación de determinados contenidos ya sea bajo una idea progresista o conservadora, es echar por la borda la construcción simbólica que se construye sí por las formas en que los individuos han sido sometidos al poder, pero también en los procesos de resistencia y las formas de ver el mundo de cada cultura.
Si retomamos el ejemplo de la película de Disney, contrario a lo que alegan los señores y señoras conservadoras, no es que los medios un día hayan decidido promover la homosexualidad entre los niños, ni siquiera que, pensando en la parte contraria, quieran concientizar sobre el asunto. Se trata de la visibilidad que ha alcanzado la homosexualidad en diferentes campos de la vida social, de las críticas feministas y del cuestionamiento a los proceso de construcción del genero que han sido adheridos a la agenda mediática. Lo mismo para cualquier otro producto comunicativo que quiera ser cancelado por la misma idea de que promueve x o y comportamiento.
Como lo dije en otro momento dentro de este mismo espacio, los medios no son aliados de nada, pero tampoco son ese rayo láser homogenizador que funciona sin que haya una historia, una sociedad y una cultura detrás. Como dijo Martín-Barbero en la misma conferencia: lo mediático no son sólo los medios, sino también las interacciones, el consumo, los mitos, etc. Al abordar esos problemas desde el enfoque cultural se ofrece una mejor y más completa comprensión de la vida social que sólo pensar en dominados y dominadores. Dejen de ser tan básicas, por favor.




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