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Permitámonos recuperar nuestra humanidad

  • Foto del escritor: Michel Maya
    Michel Maya
  • 3 jul 2021
  • 3 Min. de lectura

¿Cuántos de nosotros hemos sentido culpa por sentirnos mal, por enfermarnos o por simplemente no ser felices como los que presumen de serlo? Las relaciones humanas son difíciles, lo son más cuando las posibilidades de diálogo se vuelven lejanas o cuando la vida nos grita al oído que esa persona no volverá, y no porque no quiera, sino porque su paso por este plano concluyó o porque solo se fue. La humanidad ha atravesado por un sinfín de complicaciones y ha sabido salir adelante. Si bien la fuerza es lo primero que va mermando, la esperanza es lo que prevalece y en esta pandemia es lo que a muchos nos mantiene en pie.


¿Cuántos estados alicientes en Facebook encontramos a diario? ¿Cuántas muestras verdaderas de afecto? ¿Cuántas lamentaciones o solicitudes de ayuda? Innumerables. Pero, ¿Cuántos de estos estados son respondidos honestamente? Hace poco vi una publicación en mi muro de Facebook, alguien solicitó ayuda por un problema médico, me sorprendió que tenía más de mil comentarios de respuesta. No supe si alguno de los que respondió pudo ayudarle. Esto me llevó reflexionar sobre la necesidad de quedar bien, sobre la hipocresía con la que nos manejamos y cómo el estar encerrados nos afecta en nuestro desenvolvimiento familiar y social. Si bien el poder tener acceso a alguna red social nos mantiene en contacto con personas que en otras circunstancias hubiera sido imposible, también nos aleja de las que están cerca de nosotros. Pensamos que con un mensaje o con el hecho de mandar una solicitud de amistad ya estamos en contacto, la realidad es que no. Muchos de los mensajes, comentarios o publicaciones que hacemos son un recurso para llamar la atención, una atención que durará 24 horas o hasta que las noticias nuevas invadan el muro de nuestros amigos.


Esto me lleva a otro pensamiento; el vivir ocultando lo que sentimos se ha convertido también en una enfermedad. Limitarnos a sonreír es mucho más fácil que expresar lo que sentimos. La culpa y la soberbia llenan nuestros sentidos y nos empujan a hacer o decir lo que no creemos. Aunque estamos en una época en la que la liberación parece ser un incentivo y no un derecho, estamos enfrascados en una especie de reclusión que hace que las verdades salgan a medias o que las mentiras parezcan verdades. La culpa corroe a los enfermos por enfermarse, el miedo a los que no hacen visitas por temor a contagiarse, el rencor a los que no recibieron ayuda, la soberbia a quienes salieron solos de sus problemas y así se pueden enlistar una serie de acciones que no terminarán de convencer a nadie porque nadie quiere ser convencido.


Es necesario entender que con el confinamiento y el uso de las redes sociales, la sobreexposición a la que nos enfrentamos, hace difícil la expresión honesta de lo que sentimos, el qué dirán es una etiqueta que, en muchas ocasiones, no queremos quitarnos. Aparentar estar bien o ser bueno ante un mundo virtual parece ser de suma importancia y más, en estos días en los que el mundo real parece cerrarse.


Hoy más que nunca debemos hacer introspección, levantar el teléfono para saludar, para pedir una disculpa y también para pedir ayuda, debemos darnos la oportunidad de pedir perdón y darlo, de sonreír y de llorar cuando lo sentimos. La vida es corta y en estos tiempos es más que un cliché. Valoremos nuestro tiempo y la compañía de quien está a nuestro lado, agradecer por los que están con nosotros. Dejar de lado los prejuicios y las apariencias es fundamental, igual que respetar nuestra palabra y honestidad. Permitámonos luchar nuestras guerras internas, el poder gritarle al mundo que estamos mal, permitámonos llorar a nuestros muertos, a quien se fue por elección, permitámonos ser seres humanos que sienten y aprenden. Que no nos arrebate nuestra humanidad la pandemia ni nada más.



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