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Rumiar

  • Foto del escritor: Ángel Armando Castellanos
    Ángel Armando Castellanos
  • 17 may 2021
  • 3 Min. de lectura

Esto no es una columna


No tiene mucho que Miguel -¿sí se llama Miguel?, mierda, hay que revisarlo en Twitter; sí, se llama Miguel- expresó con algo que interpreté como mezcla de estrés y entusiasmo, o sea, pasión, que veía a mucha gente escribiendo, necesitando ser leída, y que eso le gustaba. No le di "like", pero también me gustó enterarme de eso.

Miguel es editor, director -otra vez, a revisarlo en Twitter- papá de Purgante, una revista donde hace tiempo mando textos y donde hace tiempo me los publican, preocupante o grandiosamente, sin tocarles una coma. Eso es cosa mía, en fin.


Como alguien que revisa textos y los publica, empatizo con mucha facilidad con Miguel, y siento su estrés, porque tomar decisiones es una chinga. (Sí, esa es la palabra, "chinga") Cuando escribes, editas y publicas, te metes una chinga, y eso suele generar -hay excepciones- un montón -casi digo chingo, nomás por el puro placer de la combinación que produce la repetición del fonema "chin" con la "g", me suena a chicharrón y quiero rasparme el paladar con unos de harina, pero soy tan antisistema como puedo, y a la chingada, ya no como eso, alaverga.


¿En qué carajo estaba?


Ah, sí, en la labor de tomar decisiones sobre el qué, el cómo, el porqué y sobre todo, el cuándo, de las letras.


Bueno, sí y no.


Saber que hay un montón de gente escribiendo me da gusto, y creo que por una razón parecida a la de Miguel, y a la que me da cuando personas a las que aprecio me dicen que están yendo a terapia, o tomando terapia por teléfono, por videollamada o haciendo algo que implique terapia.


(Digo parecida porque por muy empático que pretenda ser, sobre el placer de Miguel sólo entiende Miguel y a lo mejor es parecido también al de Luis Piña mientras lee y publica esto, pero es el placer de cada quién y yo no tengo ningún derecho a andar comparándolo con el mío, por muy chingón que me sienta al querer entenderlo y transmitirlo. Chingá, cada quién su pinche (esa combinación de fonemas es casi igual de sabrosa que la del "chin" con el "g", y que me perdone Alejandro Breck, quien abiertamente reniega de la "ch"... chale) placer alaverga).


"Las grandes mentes liberan sus demonios en el arte; las débiles, contra el mundo", leí en la fachada de una casa de la Avenida Felipe Carrillo Puerto de Coyoacán.


Hace mucho pasé por esa avenida y por esa casa y ya no estaba ese mensaje pintando en esa fachada.


Y la idea sigue vigente, porque crear o replicar arte o pretender que se crea o se replica el arte es un camino espectacular para liberar demonios. El ejercicio también, y por eso algunos deportes juegan a ser arte en muchas ocasiones, por eso o por la estética sin más de sus ejecuciones.


Esa pared me gustaba, aunque tuviera el retrato de alguien que quería ser Adolf Hitler junto a una de las 'S' de la Gestapo. Esa pared me gustaba porque tenía esa imagen que quería ser Adolf Hitler, porque me hacía ver quién he querido ser yo, a partir de mirar a quién no quería parecerme.


La segunda o tercera vez que pasé junto a esa pared agarré -sin su consentimiento, y perdón- a un viejito -tenía camas, arrugas y rasgos masculinos; era un viejito- que caminaba con la misma postura que el tal reflejo de Hitler estaba pintado, pero cuando disparé para atraparlo en forma pretenciosa, él ya había dejado atrás a Adolf, ¡y qué alivio!

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